Sin rencor.

El otro día dando vueltas por las distintas páginas cofrades que adornan internet, en PasiónenSevilla.tv, encontré este texto que me llamó la atención y os lo traigo aquí para que lo leais. Es un poco largo pero creo que merece la pena. Demuestra que es absurdo el rencor de algo que pasó hace mucho tiempo y alguno está empeñado en desenterrar para mantener viva esa maldita llama.

La hermandad de San Bernardo perdió sus Imágenes el 18 de julio de 1936. Como en otros puntos de la ciudad, aquí también incendiaronla Iglesia. Después de aquello, unas actas de la cofradía recogieron todo lo que ocurrió. Incluso en ellas constan los nombres de los vecinos del barrio que participaron en el holocausto. Esas actas existen y no existen. Cuando un investigador llega a la cofradía para revisar la historia puede ver todos los libros, toda la documentación, menos esa. Aún es pronto. La hermandad considera que hijos o nietos de aquellos que quemaron al Cristo de la Salud y a la Virgen del Refugio pueden salir de nazarenos en la actualidad.  Y San Bernardo no quiere que se incendie ninguna memoria.
Él hace tiempo que no viene por el barrio. Desde que se dedicó a la política dejó de frecuentar el barrio que lo había visto nacer y crecer al que solía regresar todos los miércoles santos. Pero una vez que consiguió el acta de diputado ya no quiso regresar. No casaba mucho que durante el año fuera el azote de la Iglesia y ahora alguien le hiciera una foto entre los nazarenos o delante del Cristo de la Salud.  Qué diría su parroquia, la que se exaltaba cuando vociferaba. Desde primera hora quiso exhibir su distancia. Se dio de baja de la cofradía. Se casó por lo civil. Fue el único de la familia que no contrajo matrimonio delante de la Virgen del Refugio. No bautizó a sus hijos.
¿Por qué estoy hoy aquí? Pertrechado en unas gafas de sol, se ha puesto en Santo Rey, en Gallinato como cuando era un chaval y salía con sus vecinos a ver la cofradía del barrio. En su casa se hablaba poco de la hermandad. Una familia herida tras la guerra, de mujeres de luto callado, de ir a misa escondidas en un velo negro. Nadie refería nunca nada del abuelo, de ese hombre que salió por el barrio en las algaradas del 18 de julio y que una semana después fue detenido. Jamás se supo de él hasta que llegó una carta comunicando su condición de difunto. En el barrio las mujeres le decían a la abuela: tu marido fue, tu marido estaba allí… Solo la hermandad le abrió los brazos a esa familia en lo que fue la manera más clara y hermosa de enseñar cómo se perdona. Esa hermandad fue la que apuntó a los niños a la cofradía, la que le dio las túnicas, la que preparó a los chavales para la comunión, la que le buscó los trajes de marinero y les preparó un desayuno de chocolate con calentitos para aquel día. Con 20 años, cuando empezó a frecuentar el partido y a dejarse barbas largas dejó de salir. Su madre pagaba la cuota hasta que él mismo le dijo que la dejara de pagar.

Se fue a vivir a Madrid. “¿Hijo no vas a venir aunque sea el miércoles santo?” “Yo el miércoles santo lo que voy a hacer es acordarme del abuelo, y como se me ha olvidado como se reza, voy a venerar su memoria como la de tanta gente a la que señalaron para que le dieran el paseo, mama…” “Hijo mío, te equivocas, te equivocas…”.
Hace unos meses, con su vocación política metida en esas rutinas que conducen al desafecto tuvo que venir a Sevilla varias veces porque su madre yacía en la cama gravemente enferma. En el cabecero de la cama dos fotos, la del Cristo de la Salud y la de la Virgen del Refugio. Y otras dos: las de las Imágenes de la cofradía que se quemaron en el 36. “Tu abuelo no tuvo la culpa –dijo rompiendo un silencio denso y largo- él se vio abocado para no señalarse, pero después la gente de la cofradía que fíjate como estaba después de haber perdido al Cristo y a la Virgen le perdonó y no tuvo que ver nada con quienes le vinieron a detener…” Por eso yo he ido todos los días a rezarle a la Virgen del Refugio, y por eso quiero que tú también le reces hijo…”.
Esa mujer falleció en invierno. Esta era la primera semana santa de la casa cerrada, y de las ventanas con las persianas echadas. El odio le había hecho ser así. Pero el odio unívoco se disuelve rápidamente cuando al otro lado lo que hay es perdón y misericordia. Es la fuerza del amor.


En el partido le pidieron que asistiera a un acto de exaltación del laicismo
de estos que se convierten en acto de ataque a la religión, sobre todo a la católica. “Oye y si hacemos esto en Semana Santa, jajaja, para dales a esta gente en el bebe, cuando estén con los santos y los pasos…. Mira así salimos en los telediarios de la uno, de la cuatro, de la cinco y los de la sexta nos estarían sacando a todas horas…” “Conmigo no contéis” “Cómo que no vamos a contar contigo si tú eres fundamental para estos temas” “Pues hasta aquí hemos llegado compañero…”.
Tras las gafas oscuras ve como llega el Cristo de la Salud. Dormido, en paz, sin odio. Sin acordarse de que un día, en aquellos días de la ira le quemaron. Pero ahí estuvo él para renacer desde sus cenizas así de hermoso. La Virgen llega entre los caireles de oro “por eso quiero que le reces hijo”.
Unas gafas oscuras no son solo un aliño indumentario. Son la mejor manera de esconder unas lágrimas que jamás pensaste que iban a  derramarse por tu mejilla, un Miércoles Santo, en tu barrio, con tu gente y con tu historia. Sin rencor.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Rincón del pensamiento. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Sin rencor.

  1. Egpsiq dijo:

    “Un punto de contricción da al hombre la salvación”
    Sí señor, sin rencor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s