Una semana para la gloria.

Eso es lo que queda para el Martes Santo, una semana, sólo siete días.

Siete días, sólo siete días, para volver a mi niñez, siete días para que el tiempo se detenga a mi alrededor, sólo siete días para que se me haga un nudo en la garganta cuando vea a mis hijos con sus túnicas de nazarenos.

Y ganas que hay de volver a verme vestido con mi túnica de nazareno y coger el camino que va desde la casa de mis padres hasta la Iglesia de mi barrio, como una liturgia que se repite año tras año.

Mi pasaporte al cielo.

Mi pasaporte al cielo.

Espero disfrutar todo lo que no lo hice los años anteriores por la maldita lluvia y que mi barrio vuelva a demostrar como quiere a su Cristo y a su Virgen.

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