Soñando despierto (mini pregón).

Cuando en estos días de calor en los meses de verano, cuando los días grandes de los cofrades quedan lejos en el tiempo que no en la memoria, cuando cambiamos el azahar por la dama de noche, cuando paseando por las entrañas de Sevilla en una noche cualquiera y recorres los rincones más bellos de la ciudad, te vienen a la memoria los momentos vividos en esos días tan especiales.

Al pasar por la Cuesta del Rosario, como en un flash, revivo el paso del misterio de La Exaltación en una chicotá eterna, incluso siento el racheo de  los costaleros a los sones de la marcha Barrabás y el relinchar de los caballos.

En la calle San Gregorio, se siente la brisa fresca y joven que llega desde El Cerro y su gente detrás, al igual que todavía se oye el eco del redoblar de los tambores de La Centuria tras el Señor de La Sentencia a las claras del día por la calle Santa Ángela, donde todavía quedan pétalos de amor derramados por las monjitas al paso del Silencio Blanco en su Amargura el Domingo de Ramos.

En la Puerta de Correos, un caballo trianero rinde pleitesía a su Madre morena que entra por la puerta de San Miguel, antes de pasar por el Arco del Postigo.

El Arco del Postigo, donde da su última chicotá el costalero de la calle Dos de Mayo entre lágrimas de Aguas cada Lunes Santo.

Al pasar por la calle Franco, la noche se vuelve silenciosa, por que todavía se siente el escalofrío del paso de Jesús con la cruz al revés y su Madre en su palio “cuajao” de azahar.

Al llegar a La Calzá, aun está Pilatos presentando al hijo de San Benito, como si fuera Martes de terciopelo morado, en el preciso momento en que le atan las manos al Hijo de las Mercedes en el Tiro de Línea o está cenando con sus discípulos en la calle Sol antes de ser traicionado por un puñado de monedas de oro.

Caminando sin rumbo fijo, me parece ver gente agolpada en una esquina, y creo ver a Dios con el madero a cuesta, ¿pero quién es?, ¿viene de San Lorenzo, o quizás de la calle Castilla con su cruz de carey?, o puede que venga por Los Jardines de Murillo a los sones de la marcha Candelaria, quizás es aquel gitano moreno y calé que viene desde los Jardines del Valle o aquel que mora en la Plaza Carmen Benítez y le ayuda el Cirineo o quizás llegue el Viernes Santo desde la calle Luchana apoyado en el suelo de la tercera caída delante de su madre Loreto o llega mirando a Sevilla con la rodilla en tierra desde San Vicente.

Alguien me susurra al oído: “Coge tu cruz y síguelo”, “¿a quién?”, le contesté, “al que está clavado en la cruz alborea llena de Tristezas de madre apenada” y por la Plaza San Pedro la noche se torna en crujir silencioso de madera de hermandad seria de Castilla y León por la Madre de Dios.

Sin parar de caminar, aparezco en la calle Adriano, donde el Dios del izquierdo por delante hace honores a la Madre con su hijo torero muerto en brazos cuando busca el Barrio León.

Un escalofrío recorre mi cuerpo al recordar como el hijo del carpintero es despojado de sus vestiduras en la Plaza del Molviedro el mismo día y a la misma hora que la ilusión hecha nazarenitos  blancos descienden la “rampla” del Salvador como avanzadilla de la hermandad con el nombre más hermoso: “AMOR”.

Sin  solución de continuidad este sueño me lleva a la calle Castilla, donde mirando a su padre se muere el gitano que mataron por un mal de amores y que solo puede ver los balcones de Triana. Balcones que te dejan ver El Plantinar desde donde se ve como sale un Sol cofrade lleno de ilusión de verde olivo, lo mismo que en San Julián como los tres clavos separa a Cristo de La Magdalena postrada a sus pies rota de dolor, por que ella es de Sevilla.

Sigo deambulando y  la noche se vuelve suspiro al escuchar en Nervión al Jesús de los cuatro clavos pidiendo agua; “Tengo sed” justo después, desde la Plaza del Museo, ya en la madrugá del Martes, viene Cristo serpenteando de dolor o desde la antigua Fábrica de Tabaco veo venir a la Buena Muerte hecha Cristo por Juan de Mesa.

Mis pasos se encaminan, por Cuna hasta El Salvador, donde el Dios de la madera observa como pasa su obra cumbre, el Señor de Pasión, pero mi mente me transporta sin pausa alguna, a los arrabales sevillanos, desde donde llega la Señora de ojos verdes, la madre del Cautivo, para volver hasta el Puente de los bomberos y ver como en La Alfalfa le llevan su Cristo a José Portal en una levantá al cielo infinito de Sevilla.

Al pasar por la calle Feria, por Ómnium Sanctorum, cual Miércoles Santo, el sueño se vuelve más real si cabe al escuchar cantar el gallo por tercera vez cuando San Pedro negó a su Señor, para después ser crucificado y su Alma hacerse Cristo el Martes Santo de Gracia y Amparo.

No estoy seguro si es ficción o es real, pero me parece ver por Trajano un olivo con forma de sueño de calle Feria y justo detrás están abofeteando a Jesús delante de Sevilla, bofetá que se vuelve beso traidor en la calle Santiago con Rocío de primavera y desde allende del río llegan los gritos de dolor de Sevilla cuando le castigan la espalda atada a la columna por aquel que se muerde el labio, gritos que ya no serán gritos si no llanto de pasión cuando el Longinos hinque su maldita lanza en el costado de Jesús muerto en la cruz. Lo que no sabía es que ya venía muerto desde la Plaza San Antonio de Padua arropado por hábitos franciscanos por el mejor de los fines.

Sin dar crédito a lo que veo, La Verónica pasó junto a mí con el paño enjugando la cara de Sevilla, alumbrando con cuatro hachones en una madrugá eterna de pasión y amor desde la Plaza de La Magdalena muere el Hijo de Dios en el monte Calvario, donde mismamente  Nicodemo y José de Arimatea ayuda a  bajar el cuerpo inerte de Cristo.

Desde la Puerta Carmona, como si de un milagro se tratara, un palio de Buen Viaje atraviesa una puerta ojival con el sudor de sus costaleros mientras se mofan  del Hijo de Dios y el insólito olor a azahar me lleva en volandas hasta el Porvenir donde nazarenos blancos de Paz cruzan el Parque buscando la Sevilla más profunda.

Dejándome llevar por la muchedumbre, aparezco por Orfila donde una antorcha ilumina el Prendimiento del Mesías y a dos pasos de allí la última gota de sangre se torna rosa roja de amor a su ciudad en el traslado al sepulcro.

Al volver a pasar por la calle San Vicente, una luz me ciega, una luz procedente de una canastilla plateada de Misericordia con el madero a cuesta de Siete Palabras que dijo Él en la cruz, el mismo madero en el que en la calle Mateos Gago vendrá en su Misericordia clavado por la Judería sevillana de Santa Cruz.

La noche se vuelve luto y tenebrosa al paso de los dieciocho ciriales que acompañan el transitar  del muñidor en el momento de amortajar el cadáver del Hijo de Sevilla, para dejar sola a su Madre que llega desde San Lorenzo al pie del crucifijo para terminar en San Buenaventura.

Sigo sin dar crédito a lo que estoy viviendo y sin parar de caminar, de nuevo el gentío que arrastra casi sin quererlo hasta Bustos Tavera para encontrarme con Dolores y su Hijo yacente en su regazo y en lo que dura un pestañeo aparezco en Los Salesianos de La Trinidad para comprobar como las cinco llagas del cuerpo del Redentor son curadas por su Madre Trinitaria.

Sin saber por donde ando, oigo una conversación: “En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el reino de Sevilla” y al girar la cabeza estaba en la calle  Real de la Carretería, sin dar crédito a lo que veía volvía a escuchar la misma conversación, esta vez con nombre de mujer y  por la calle San Pablo venían Dimas, Gestas y Jesús clavados en la cruz sempiterna de la Sevilla cofrade.

Sin darme cuenta del tiempo transcurrido y con tantas emociones vividas, casi ni me percato del triunfo de la Cruz sobre la muerte que desde  la calle Alfonso XII avanza hacia La Campana.

Todo se ha consumado cuando veo llegar a la Madre con las lágrimas enjugadas de alegría de sevillanía resucitada en Domingo de algarabía.

Decididamente es un sueño lo que estoy viviendo, un sueño loco y maravilloso a la vez, un sueño del que no quisiera despertar jamás.

Cuando en estos días de calor en los meses de verano, y esos días quedan tan lejos en el tiempo que no en la memoria, es cuando más presente los tengo dentro de mí y veo que ya queda menos para despertar de este sueño y que  todo se vuelva a hacer realidad.

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